sábado, 9 de abril de 2011

Perdido.

- ¿Estás seguro de que le has tomado bien el pulso?
- Sí, joder, Martha, no soy gilipollas. Está muerto.
Se produjo un silencio, satíricamente hablando, sepulcral. Ninguno de los dos pronunció palabra hasta pasados unos minutos. Sólo entonces Robert se atrevió a hablar:
- ¿Qué quieres que hagamos con el...? - no terminó la frase, no se sentía dispuesto.
- ¿Con el cadáver? Pues no lo sé.
- Quizá si llamásemos al padre... Puede que él sepa mejor que nosotros qué hacer.
- Sí, puede que eso sea lo mejor.
Pero no lo hicieron. Quizá ambos habían intuido que el padre hacía tiempo que había desaparecido del mapa, al igual que la madre. Cada uno había desaparecido a su manera, pero lo habían hecho.
El pobre chico, contando con tan solo siete años de vida, yacía allí, inmóvil, en el suelo. Sus ojos seguían abiertos. Su boca, también.
Martha y Robert se alejaron lentamente deseando que Robert fuese, en efecto, un gilipollas.

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