Sentada en el escritorio, todo sigue estando igual, y lo aborrezco. Trazo desinteresadamente líneas sin sentido con la yema de mis dedos en la mesa, la música suena, los libros yacen en un rincón. La psicomaquia sigue estando ahí, presente, pero de otra manera; a veces más amable y otras, no tanto, y es mía, lo sé, me pertenece tan solo a mí.
Mirada nerviosa, semblante aparentemente sereno, ojos que lo dirían todo si no fuese porque a veces son incapaces de expresar nada; y yo sigo ahí, en ese mismo puñetero sitio de todos los días, aguardando, esperando, desengañándome.