jueves, 22 de julio de 2010
Él.
"El día en el que él se muera, me mataré yo". Esas palabras resonaban de manera estruendosa en su cabeza, le punzaban el alma, no le dejaban en paz. Sentado en la cama que habían compartido durante más de cincuenta años, lloraba en silencio. De vez en cuando llamaban al portal, o a alguien se le ocurría telefonear a su casa, pero nadie obtenía respuesta a esas llamadas. ¿No entendía nadie que lo único que él deseaba era estar solo, por una vez en su vida? Nunca le había gustado encontrarse cara a cara con sus pensamientos, aunque pareciese que sí. Se había entregado estos últimos años a los demás, había estado demasiado ocupado como para centrarse en su faceta intelectual, y ahora se daba cuenta del bien que le había hecho aquello, pero ahora no quería hacer nada más que pensar. Parecía increíble que, a su edad, siguiese teniendo las mismas dudas que le asaltaban cuando apenas era un adolescente. Cómo le hubiera gustado creer llegado aquel momento, lo que hubiese dado por la inmortalidad...
Ella.
Ella esperaba, cada tarde, en aquella pequeña cafetería de barrio, imaginando cómo sería su vida si hubiese tomado diferentes decisiones a las que tomó. Eso para ella era un buen entretiempo, no era algo que la entristeciera, a pesar de que la gente que la veía, tarde tras tarde, apoyada en aquella barra, se compadeciese de ella. Si ella en realidad era feliz, ella tenía todo lo que quería, lo único que anhelaba era la soledad, nunca le gustó sentirse acompañada. En aquel viaje, cuanto menos se confiase de los demás, mejor.
Tired.
Yo sólo quiero quitarme de encima estos fantasmas, llenarme de ilusiones, ser feliz. Por lo menos, me conformo con no ser otra idiota más.
jueves, 15 de julio de 2010
lunes, 12 de julio de 2010
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