De repente se despertó, y todo volvió a ser lo mismo. Los árboles postrados a ambos lados de la acera, siempre estoicos, sucumbían a la tentadora invitación de balancearse con el compás del viento y se desnudaban lentamente ante la mirada desatenta de aquellos que, simplemente, jamás quisieron ver; las luces que, incumpliendo su propósito, hacían infeliz a aquel que quiso saber, a aquel que sintió y, aún sin querer, sigue haciéndolo; y la sombra que recorría y siempre ha recorrido el surco de la historia, el cual tiene demasiado poder como para evitar obviar su presencia, decide irrumpir en inoportunas horas de la tarde, haciéndote recordar.
Aún nos quedan las canciones, las nubes, el Sol; los cafés, las películas y, quizás, el más profundo reconocimiento por parte de aquellos en los que tú jamás apostaste.