Muchos se preguntaron desde aquel día qué sería verdad y qué no. Muchos intentaron descifrar el maldito código de la creación. Todas aquellas investigaciones, preguntas y especulaciones desembocaron en un fracaso rotundo. Todo conducía a la nada, no había causa primera, no existían las raíces ni los orígenes, y él lo sabía, pero ¿qué podía hacer? El mundo era tan cruel que para el propio sinsentido de la vida se había establecido un modo de vida antinatural que transformaba aquel nihilismo en simple infelicidad; quizá por necesidad, quizá por la ley del más fuerte.
Tras estas angustiosas reflexiones cerró el cuaderno, apagó la luz y se fue a dormir sabiendo que sus demonios seguirían allí, inamovibles, intactos.
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