Leah estaba sentada en su silla. Leah no entendía de quién, cómo, cuándo ni porqué; sólo aceptaba con resignación el papel que le había tocado en este mundo, pero a su manera.
A Leah le gustaba juguetear con su pelo, no apreciaba la literatura, no concebía la idea de la compasión, aunque sí de la empatía y, aunque jamás nadie se lo preguntó y ni ella misma sabría dar una respuesta al respecto, la sociedad era para ella una jungla en la que todo el mundo se la quería comer viva.
Ahora mismo estoy observando a Leah. Sigue cómodamente sentada en su silla – una silla ordinaria, una silla corriente, nada del otro mundo – y aunque lleva una eternidad allí postrada mirándose el ombligo, parece que no tiene en mente levantarse. De vez en cuando echa una miradita alrededor con indiferencia; es como si ni siquiera intentase esforzarse por observar lo que mira porque sabe que no lo va a apreciar de ninguna manera. De algún modo puedo llegar a comprender lo que ella ve cuando levanta la mirada: el vacío. El vacío al que me refiero va variando con el tiempo y la percepción; a veces es un tipo de agujero negro que evoca en Leah la angustia y la soledad, y a veces es un vacío literal: no ve absolutamente nada. Mucho me temo que ella es más consciente de vivir este segundo tipo de vacío antes que el primero.
Puedo apreciar cómo ahora Leah se está retorciendo en su sitio y fuerza una sonrisa: Me está viendo, sabe que estoy aquí expresamente para analizarla, y eso desata en ella una serie de sensaciones y de pensamientos: Compostura, felicidad, apariencia. Aunque ella no lo sepa, éstas son sus palabras favoritas. Bueno, quizá se lo pueda imaginar.
A pesar de que sabe que estoy aquí, no lo aguanta más y pega un brinco de su asiento. Cae al suelo, se limpia el polvo y camina hacia mí. Me pregunta que qué tal estoy. Aunque sé que será en vano, la respondo. Ella deja sus ojos en blanco, me interrumpe al segundo y me dice: “Bien, ¿no? Pues yo…”
Si hay una sola palabra que jamás se dignará a aceptar que adora, esa es la palabra “yo”; y siendo más específicos y en su declinación, el “yo, me, mi, conmigo”.
viernes, 24 de junio de 2011
lunes, 13 de junio de 2011
sábado, 11 de junio de 2011
domingo, 5 de junio de 2011
Eterno Retorno...
Un paquetito rojo llegó a la casa de la señorita Wordsworth. El lazo de tul que rodeaba el envoltorio ondeaba con el viento. Hacía un tiempo de perros, no cesaba la lluvia, y los rayos y los truenos se acompañaban el uno al otro consecutivamente.
A Mary no le importaba nada. Sentada en su cálido sofá, abrigada por una manta de lana, miraba la televisión, absorta en sus pensamientos. De vez en cuando echaba una mirada furtiva al teléfono, ubicado al lado del televisor, como si de un acto instintivo se tratase.
Mary llevaba casi cinco días sin salir de casa. Cinco días sentada en aquel sofá, sin ducharse, sin apenas levantarse, y cinco días alimentándose del pastel de bienvenida que la señora Shelley le había entregado el día que Mary se trasladó a aquella pequeña casa en Swanley.
A pesar de que parecía estar mentalmente ausente- y en parte lo estaba - Mary estaba sensorialmente alerta, como si fuese un acto compulsivo difícil de aparcar: Podía oír desde aquellos cinco días el goteo de uno de los grifos de la cocina que había quedado mal cerrado, acompañaba su mente el incansable tic-tac del reloj de la entrada y podía llegar a escuchar incluso, si se esforzaba mucho y dejaba a su mente divagar un poco, el viento que azotaba con violencia los árboles del jardín y los ladridos del incansable perro de la señora Shelley.
Una lágrima solitaria recorría la cara de la joven cuando ésta oyó con claridad las pisadas de un hombre que se acercaban cada vez más a la puerta de la entrada. Erguida y sin moverse apenas, esperó a que ese mismo hombre llamase a la puerta; pero no fue así. Pasados unos segundos interminables, y habiendo tomado las precauciones necesarias, Mary decidió estirar las piernas y encaminarse hacia la entrada. Cuando llegó, abrió la puerta con cierta dificultad - le costaba debido al número de cerraduras que ésta tenía - y asomó su cabeza tímidamente: no había ya nadie.
Cuando abrió por completo la puerta de su casa y se agachó para recoger lo que en el suelo había, se encontró con un sobre y un paquete de pequeño tamaño. Al abrir el sobre se encontró con una carta que decía lo siguiente:
"Un paquetito rojo llegó a la casa de la señora Wordsworth..."
A Mary no le importaba nada. Sentada en su cálido sofá, abrigada por una manta de lana, miraba la televisión, absorta en sus pensamientos. De vez en cuando echaba una mirada furtiva al teléfono, ubicado al lado del televisor, como si de un acto instintivo se tratase.
Mary llevaba casi cinco días sin salir de casa. Cinco días sentada en aquel sofá, sin ducharse, sin apenas levantarse, y cinco días alimentándose del pastel de bienvenida que la señora Shelley le había entregado el día que Mary se trasladó a aquella pequeña casa en Swanley.
A pesar de que parecía estar mentalmente ausente- y en parte lo estaba - Mary estaba sensorialmente alerta, como si fuese un acto compulsivo difícil de aparcar: Podía oír desde aquellos cinco días el goteo de uno de los grifos de la cocina que había quedado mal cerrado, acompañaba su mente el incansable tic-tac del reloj de la entrada y podía llegar a escuchar incluso, si se esforzaba mucho y dejaba a su mente divagar un poco, el viento que azotaba con violencia los árboles del jardín y los ladridos del incansable perro de la señora Shelley.
Una lágrima solitaria recorría la cara de la joven cuando ésta oyó con claridad las pisadas de un hombre que se acercaban cada vez más a la puerta de la entrada. Erguida y sin moverse apenas, esperó a que ese mismo hombre llamase a la puerta; pero no fue así. Pasados unos segundos interminables, y habiendo tomado las precauciones necesarias, Mary decidió estirar las piernas y encaminarse hacia la entrada. Cuando llegó, abrió la puerta con cierta dificultad - le costaba debido al número de cerraduras que ésta tenía - y asomó su cabeza tímidamente: no había ya nadie.
Cuando abrió por completo la puerta de su casa y se agachó para recoger lo que en el suelo había, se encontró con un sobre y un paquete de pequeño tamaño. Al abrir el sobre se encontró con una carta que decía lo siguiente:
"Un paquetito rojo llegó a la casa de la señora Wordsworth..."
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