miércoles, 13 de noviembre de 2013

¿Creéis en el eterno retorno?

Tú.

Eres un recordatorio de que las cosas buenas existen, de que tan solo hay que mirar desde otra perspectiva. Eres ese calor que me llena por dentro cuando estoy fría y que me arropa si no  me encuentro bien, no importa si es de día o si es de noche, si estás cansado o enfadado, siempre intentas estar a mi lado.

lunes, 14 de octubre de 2013

Por fin llegó el otoño.

Hemos llegado por fin a la época de sudaderas, pantalones largos, bufandas e infinitos cafés calientes. La lluvia comienza a hacer estelares apariciones y la gente se esconde de ella tras enormes paraguas de diversas formas y colores.
El otoño es mi estación favorita con diferencia. He oído siempre decir que esta estación es para los sensibles o los melancólicos, para aquellos que tienen tendencia a pensar que cualquier momento pasado fue mejor que el presente, para los que preferimos quedarnos en casa leyendo un libro o viendo una película a salir de fiesta; y quizá sea verdad.
El otoño me trae numerosos recuerdos y aviva en mí un sentimiento que está adormilado el resto del año, y aunque a veces ese sentimiento no es del todo agradable, lo abrazo y lo acepto como si fuese lo mejor que me hubiese pasado nunca. He aprendido con el tiempo que es mejor aceptar todos aquellos sentimientos o ideas que duelen o molestan porque si las haces tuyas y convives con ellas con el tiempo dejarán de doler tanto y no tendrán manera alguna de molestarte más.
Si me pongo a pensar en ello se podría decir que cada otoño que he vivido en estos últimos años me ha traído una lección importante la cual me ha servido mucho de ayuda en años posteriores: no juzgues tan rápidamente a las personas, tómate el tiempo necesario para conocerlas y eventualmente abrirte a ellas; acepta cada pequeño rincón de tu cabeza con sus ideas y distorsiones para superar tus obstáculos mentales; ten paciencia y ve a tu ritmo en todo; aprende a confiar en tu potencial. ¿Será por eso por lo que me gusta tanto el otoño?
Para mí todo eso son, por supuesto, ventajas. Pero de lo que casi nadie habla es de esa tristeza (que no melancolía) que parece invadir tu cuerpo a ráfagas por la mañana frente al ordenador o comiendo con tu familia, o disfrutando de una tarde con tus amigos o pareja, o escribiendo en tu libreta; de esa sensación de vacío que te llena por dentro y que te hace creer que estás cayendo en espiral en momentos de lo más normales; de esa inapetencia casi maleducada que irrumpe sin motivo aparente. Y es que cuando me paro a pensarlo el otoño no es más que una estación reflejo de uno mismo.

martes, 10 de septiembre de 2013

Encuentro mi propia grandeza gracias a los demás.

En el laberinto de mi jardín

No me llames, ni siquiera intentes localizarme. Me siento pequeña y a la vez tan grande que me es difícil conciliar todo a la vez. Durante unos segundos me siento viva, pero pronto me doy cuenta de que me estoy muriendo. No quiero que lo percibas.
Siempre has sido capaz de resucitarme cuando lo he necesitado, pero creo que esta vez necesito mucho más que eso. Necesito caer, estar en contacto con el suelo, dibujarme entera de nuevo. Probablemente necesite tan sólo unos días, pero tampoco puedo garantizarlo. Sólo puedo decirte que lo siento si no aparezco por tu jardín en meses, o quizá en años. Lo que está claro es que siempre te he querido, y siempre te querré.

lunes, 2 de septiembre de 2013

El reloj.

El reloj de la entrada dio las doce, pero nadie lo oyó. La casa estaba libre de habitantes y vacía de recuerdos, como si nadie la hubiese pisado jamás.
La luna llena de aquella noche iluminaba el pequeño jardín trasero de la vivienda, la suave brisa acariciaba el césped descuidado por el paso de los meses y pequeñas gotas de lluvia penetraban en aquella tierra árida y seca por primera vez en mucho tiempo.
La casa estaba completamente vacía por dentro a excepción de aquel gran reloj de cuco que trabajaba incansablemente y sin propósito alguno, día sí, día también. La madera del parqué crujía de vez en cuando como si algo o alguien estuviese pisándola, pero tan sólo era una ilusión.
El reloj de la entrada dio la una. Y las dos, y las tres, y las cuatro... pero nunca llegó a las cinco. Y si no llegaba a las cinco, jamás llegaría a las seis.

lunes, 19 de agosto de 2013

Me dejo escribir para que luego puedas leerme, para que así puedas aprender de mí, y yo de ti.

lunes, 29 de julio de 2013

No sabes lo que quieres a alguien hasta que empiezas a hacer lo impensable por esa persona. El momento en el que rompes tus propias barreras y límites y empiezas a vivir por su bienestar, no el tuyo. Es raro, a veces no es gratificante, pero es lo que sale de dentro.
Vivo en mi propia realidad paralela donde él es el rey. En su palacio hay cristales por todas partes: en el suelo, en las paredes, en el techo. A su alrededor. Y yo lo único que consigo es cortarme vez tras vez, haciéndome heridas profundas a veces difíciles de curar... y aún así no me importa lo más mínimo. Lo daría todo y más, seguiría sangrando hasta el último de mis días con tal de conseguir acercarme cada vez más a él.

jueves, 25 de julio de 2013

martes, 5 de febrero de 2013

El abandono.

No sería capaz de calcular con exactitud el momento en el que mi corazón se sintió diferente, no tengo fuerzas para intentar explicar con palabras lo que me grita el alma.
Aquella mañana me abandonaste temprano. Todavía podía sentirte en mi piel. Me dejaste contenta en un mar hirviendo por dentro.
Me asomé cuidadosamente a la ventana y te vi desaparecer entre la niebla. Eras feliz; quizás creíste con demasiada intensidad en las palabras que hacía pocos minutos habían salido de mi boca, quizá ignoraste durante demasiado tiempo todas aquellas cosas que yo, inocentemente, sufría en un mudo silencio por los dos.
Sentí la necesidad de escribirte una carta mientras te veía partir, pero... ¿cómo explicarte todo? ¿cómo decir la verdad? Mis manos temblaban casi como si intentasen imitar el torpe latido de mi corazón, el cual saltaba desbocado.
Ojalá aquella mañana no te hubieses marchado. Ojalá me hubieses agarrado la mano lo suficientemente fuerte como para sentir tu honestidad y tu calor. Ojalá las verdades no tuviesen siempre segundas partes; quizás así podría haberte sentido durante mucho más tiempo.
Me sequé el sudor frío de la frente y, en un intento de animar mi espíritu, sonreí para mí. Me miré en el empañado espejo del comedor mientras lo hacía. 'Estoy viva', pensé. Seguía ardiendo por dentro, me estaba quemando entera, tenía más miedo que nunca, pero sabía que estaba viva.
Te marchaste pero, no sé cómo, sabía que volverías.

domingo, 22 de julio de 2012

El cambio.

Reinventarse o morir.
No quiero ser la canción que suena una y otra vez porque se ha quedado rayada y que nadie se molesta en cambiar por formar parte de un escenario secundario carente de importancia. No quiero ser esa prenda vieja que está ya descolorida y deshilachada, abandonada en el fondo del armario. Quiero ser tu historia favorita, aquella que tiene principio y de la cual anhelas no llegar nunca al final. Deseo ser ese recuerdo que jamás se olvida o se oxida por mucho que pase el tiempo. Quiero ser siempre tuya.

martes, 8 de mayo de 2012

Espejismos.

Finalmente me enfrenté a la realidad. Estaba perdida.
Me encontraba en un paradero desconocido donde mis pensamientos eran mi única compañía, y la verdad es que aquella idea no me consolaba demasiado. Intenté gritar pero sentía que me ahogaba y que tenía un nudo en la garganta que apenas me dejaba pronunciar palabra.
Sólo me quedaba caminar en busca de ayuda, y de un modo bastante optimista aquello hice. No quería morir en el intento, pero algo me decía que era mejor esforzarse por intentar encontrar la salvación que dejarse morir en medio de la nada, que al fin y al cabo era la peor forma de morir. Yo no quería convertirme en aquella nada, no quería ser un elemento más en el paisaje.
Pasadas dos horas que, puestos a ser sinceros, parecieron dos meses, caí en la cuenta de que había trazado con mis pisadas varios círculos concéntricos de pequeño diámetro alrededor de mi punto de partida. Todo había sido inútil, había gastado toda mi energía en algo inservible. Ya nada merecía la pena.
Una vez en aquella situación de la que no creía poder escapar me di cuenta de que, a pesar de ello, seguía teniendo ganas de luchar. ¿Cómo acabaría todo esto? No tenía ni la más remota idea, pero no dejaría de pelear.

martes, 20 de marzo de 2012

Yo ahora duermo.

Me siento viva tan sólo cuando el resto duerme en compañía, es entonces cuando me encuentro. Durante el día elevamos instintivamente el nivel de la voz, de la música, y de nuestra fortaleza interior porque la sociedad es invasiva y no podemos no estar al acecho constantemente. Nos sentimos atacados y aún así vivimos en la ilusión de que no es así.
Hace ya un tiempo me planteo si quedarse solo es una buena opción para estar tranquilo y en armonía con la vida.  En la sociedad es inevitable no pudrirse, la voluntad de uno sirve de poco. ¿Es la solución  la ataraxia, la resignación?  Para algunos lo es, pero tengo claro que para mí no.
Supongo que también jugará un papel importante el tipo de personas de las que te rodees y tus expectativas con respecto a los demás. Creo con la mano en el corazón que todos pecamos de ilusos en este último punto. Me cuesta creer de verdad que haya tantísima gente que espere tanto de los demás y que sean incapaces de mirar en su interior y darse cuenta de que, en el fondo, no obtienen ese afecto o esa empatía de la que se creen merecedores porque en realidad no están en su derecho, porque en el fondo se están ahogando en su propio egocentrismo.
Supongo que la conclusión es que no esperes de los demás lo que en tu corazón sientes que debes esperar - los sentimientos y la autopercepción y autoconcepto engañan, en serio - si no que mantengas tus expectativas en un nivel realista basado en la experiencia. Esa empatía hay que ganársela, no puedes esperarla de cualquiera. Y sobre todo recuerda por encima de todas las cosas que al final sólo te tienes a ti mismo. Todos tenemos un pequeño ególatra en nuestro interior.