- No sabría decirte cómo es exactamente. Es como... ay, no lo sé.
- Bueno, algo podrás decirme. No habrás venido hasta aquí para nada.
- Ya...
- ¿Y bien? - la mujer miraba al sujeto con impaciencia.
El hombre miró a su alrededor con desconcierto y cierta ansiedad. La habitación en la que se encontraba, revestida de color blanco y austeramente decorada, no le hacía sentir nada mejor. Cerró los ojos un instante y contestó lo más serenamente posible:
- Todo es un laberinto. Muchas veces, sin siquiera saber cómo, entras. Eres tan estúpido que ni te planteas dar media vuelta e irte, así que te encuentras en medio de una situación que eres incapaz de controlar. A medida que pasa el tiempo, es más complicado volver al inicio, ya que ahora eres incapaz de vislumbrar el cartel de salida. Sólo te queda esperar e intentar buscar el final del laberinto, pero es imposible determinar cuándo estás más cerca de la salida, porque no la conoces. Es, en fin, desesperante.
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