Alguien dijo una vez: "Hasta que me rompa".
Intentas llevar una vida segura, aferrándote a todo aquello que te puede mantener erguido, hasta que te encuentras siendo una vieja cuarentona sin nada que hacer observando absorta los programas de cotilleo del corazón. Claro, que en ese momento ya sabes que es demasiado tarde. No hay nada que hacer, ya no eres esa adolescente revolucionaria de izquierdas que solías ser. Ya has dejado atrás tus fervores socialistas y republicanas porque entiendes que este es un país en el que jamás podrías encajar; y si tú no encajas en el país y ellos no se adaptan a ti, tú te tendrás que adaptar a ellos.
Llaman al timbre de tu casa, cosa extraña, ya que rara vez lo hacen, y caminas sigilosamente hacia la puerta, mando en mano, por si acaso. Tras un par de segundos, contestas con voz insegura:
- ¿Quién es?
- ¡Soy yo, tu hermana, que vengo con los niños a verte un ratito!
Genial. No te faltaba otra cosa que te recuerden que tu vida amorosa también desapareció desde que perdiste toda esperanza en el futuro, muchos años atrás. A pesar de ello, contestas con alegría:
- ¡Aaanda, menuda sorpresa! ¡Pasad, pasad!- contestas, mientras escondes rápidamente el Prozac, Tryptizol, Diazepan y Anafranil de la mesita de la entrada. Acto seguido, abres la puerta.
Los niños te abrazan, a pesar de que tú notas en ellos cierta desconfianza porque no te ven muy a menudo y siempre andas en pijama por casa, además de que tus ojeras en ese momento no podían ser más grandes. No te gustas nada a ti misma, como para gustarles a ellos.
Tu hermana, tan guapa y feliz como siempre. La banderita de España en el brazo, eso no podía faltar, y un polo nuevo de Lacoste perfectamente doblado reposa recientemente en una de tus sillas baratas del Ikea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario