lunes, 26 de septiembre de 2011

Jueves a medianoche.

Salgo a la calle un jueves a medianoche. Hace mucho frío, pero aún así hay algo en el ambiente que hace que me encuentre bien. Camino rápido, como con prisas por llegar a mi destino, aunque tampoco tengo mucha idea de adónde ir, y a pesar de ello soy capaz de analizar minuciosamente todo lo que me rodea.
De repente todo está ya repetido: Las mismas calles, el mismo cielo, las mismas estrellas y la misma luna. Los mismos escaparates oscuros, el mismo silencio haciéndose eco de sí mismo, las mismas señales de tráfico y los mismos árboles. Nada es nuevo, todo está copiado.
Veo a una pareja adulta caminar por la calle Serrano con tranquilidad. La ilusión está en sus miradas, y sé que son felices; ¿cómo no iban a serlo? Se tienen el uno al otro, jamás se abandonarían. Harían planes de futuro juntos y se cumplirían todos sus deseos, el destino lo querría así. En mi cabeza pasa una gran secuencia de imágenes y pienso para mis adentros "todo está ya repetido". Esbozo una pequeña sonrisa, y la familia numerosa que camina en la dirección contraria a la mía me observa con curiosidad. El pequeño del grupo, de unos tres años y medio, juega con la pelota, pero al mirarme la coge con sus manitas, se postra enfrente de mí y me mira ensimismado. Mi sonrisa es permanente, se ha quedado colgada de esta noche, y el pequeño se cree que me dirijo a él... Quizá de ahí su sorpresa.
Incluso con las luces apagadas la ciudad no deja de presumir, y me llama la atención porque quizá eso es lo menos bello de todo. En la noche predomina la honestidad, pero lo inamovible sigue apostando por la apariencia. Creo que en el momento no comprendo que la sinceridad con uno mismo nada tiene que ver con la honestidad frente a los demás. Ya lo comprenderé.
Al fin y al cabo todas las noches quieren ser como este jueves a medianoche, y muchas lo serán, porque la realidad se quiere abrir paso. Y al fin y al cabo... todo está repetido ya.

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