domingo, 28 de febrero de 2010

Life is difficult, my friend.|| CROSSROADS

De nuevo se encontró sola sentada en el césped. Dejó que su mente vagara un poco por su mundo imaginario: se veía en casa, cenando en el comedor con toda su familia contando anécdotas sin sentido mientras su padre y ella miraban la lluvia caer. Su padre entonces se levantaba de la mesa con una sonrisa en la cara y se iba a su despacho, dispuesto a tocar un par de canciones con la guitarra. Él tocaba, ella cantaba y... un goterón enorme cayó sobre su pelo. Se levantó, enfadada con el mundo, y comenzó a andar hacia Moncloa. Pasó por la sala Heineken y, fugazmente, pudo ver a Javier Krahe saliendo por la puerta principal con todo un séquito de admiradores; pero a él no le importaba, o eso parecía. Iba andando tranquilamente con un porro en la mano. Apestaba a marihuana, y Shiloh odiaba ese olor, así que, sin pararse siquiera a contemplar la posibilidad de acercarse a hablar con Krahe, continuó caminando. Aparte de la gente que se encontraba alrededor de la sala, la calle Princesa estaba desierta: El Corte Inglés estaba cerrado, en la Iglesia no había un solo alma y las callejuelas no le inspiraban mucha confianza. Sacó un cigarrillo de su cajetilla, lo encendió y se dio cuenta de porqué el tabaco había sido su fiel compañero durante este último año: A pesar de depender de él, éste siempre sabía igual, siempre la relajaba y era una amistad que, aunque peligrosa, le prometía acercarse cada vez más a una muerte prematura. Shiloh no quería seguir viviendo, aunque pareciese lo contrario: Tenía una familia estupenda, una casa llena de cosas con las que divertirse y algún que otro amigo, pero aún así se encontraba demasiado mal como para sonreír. Se consumió el cigarrillo y ella volvió a quedarse sola. Tenía muchísimo sueño y la lluvia parecía amainar, pero no quería dormirse, así que continuó su camino y, sin darse cuenta, acabó en su barrio. Su casa estaba a unos pocos metros, y por unos segundos se quedó pensando si debería subir a casa o seguir con aquella tortura. La verdad es que estaba comenzando a estornudar y estaba amaneciendo; además se moría del sueño, con lo cual, llave en mano, abrió la puerta del portal de su casa. Mientras llamaba al ascensor escuchó unos leves silbidos que provenían del sótano: Sería el portero (¿Qué tienen los porteros y sus manías de silbar como si la vida fuera estupenda?) que, a las seis y media de la mañana, ya estaba en pie, como siempre. Abrió la puerta del ascensor, presionó el botón del piso y cerró los ojos mientras subía. Estaba ya en el estado de duermevela cuando el ascensor llegó al sexto. Shiloh salió y, sin hacer mucho ruido, abrió la puerta principal. Madre mía, cómo sonaba la cerradura.
Al entrar en casa escuchó unas pisadas provenientes del dormitorio de sus padres dirigiéndose hacia el hall, y Shiloh tuvo que hacer verdaderas maniobras para evitar que la descubriesen. Corrió, haciendo el menor ruido posible, hacia su cuarto y, una vez allí, cerró sigilosamente la puerta. Tras ello, deshizo la cama y apresuró a meterse, con toda la ropa empapada y los zapatos sucios, dentro de ella. Segundos después escuchó cómo su puerta se abría y su padre se acercaba hacia ella. Éste no tardó mucho en percatarse de que su hija estaba empapada, que apestaba a tabaco y que, además, no estaba dormida, ni mucho menos.
- ¿Pero se puede saber dónde has estado?- le gritó.
- Ay, papá, déjame...- le replicó Shiloh.
- ¿Cómo quieres que te deje si estás calada hasta los huesos? La policía no es tonta, sé que acabas de llegar.
- ¿No te lo puedo contar otro día?- dijo, dándose la vuelta, mirando hacia la pared.
Su padre se quedó callado. Inspiró profundamente varias veces hasta que, con voz suave, le preguntó:
- ¿Qué te pasa últimamente, Shiloh? De verdad, soy incapaz de comprender nada. ¿Te has escapado esta noche? ¿Has ido de fiesta?
- Ojalá- se limitó a responder. Poco tiempo después se incorporó de la cama, se quitó los zapatos y calcetines y se sentó al lado de su padre que, acto seguido, le acarició la cabeza, sabiendo lo que sucedía.
- Ay, Shiloh, de verdad... Algún día te sonreirá la vida, te lo prometo, sólo tienes que tomar la determinación de cambiarla.
Ella comenzó a llorar silenciosamente y se apoyó en su padre.
- Por mucho que intento que las cosas cambien, siempre hay circunstancias externas a mí que no puedo controlar y que, perdona la expresión, me joden la vida, papá. - las lágrimas caían por su cara, pero ella quería hacerlo, quería llorar, porque siempre que lo hacía se sentía mejor.
Y así se quedó, toda una hora entera con su padre al lado, llorando.

PD: Para aquellos impacientes que quieren que suceda algo interesante, sólo diré una cosa: Tranquilidad... :)

2 comentarios:

  1. Almu, esta es probablemente la entrada que mas me gusta, en serio.

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  2. EN serio? Forma parte del libro que estoy escribiendo, el de Crossroads :)

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