No sería capaz de calcular con exactitud el momento en el que mi corazón se sintió diferente, no tengo fuerzas para intentar explicar con palabras lo que me grita el alma.
Aquella mañana me abandonaste temprano. Todavía podía sentirte en mi piel. Me dejaste contenta en un mar hirviendo por dentro.
Me asomé cuidadosamente a la ventana y te vi desaparecer entre la niebla. Eras feliz; quizás creíste con demasiada intensidad en las palabras que hacía pocos minutos habían salido de mi boca, quizá ignoraste durante demasiado tiempo todas aquellas cosas que yo, inocentemente, sufría en un mudo silencio por los dos.
Sentí la necesidad de escribirte una carta mientras te veía partir, pero... ¿cómo explicarte todo? ¿cómo decir la verdad? Mis manos temblaban casi como si intentasen imitar el torpe latido de mi corazón, el cual saltaba desbocado.
Ojalá aquella mañana no te hubieses marchado. Ojalá me hubieses agarrado la mano lo suficientemente fuerte como para sentir tu honestidad y tu calor. Ojalá las verdades no tuviesen siempre segundas partes; quizás así podría haberte sentido durante mucho más tiempo.
Me sequé el sudor frío de la frente y, en un intento de animar mi espíritu, sonreí para mí. Me miré en el empañado espejo del comedor mientras lo hacía. 'Estoy viva', pensé. Seguía ardiendo por dentro, me estaba quemando entera, tenía más miedo que nunca, pero sabía que estaba viva.
Te marchaste pero, no sé cómo, sabía que volverías.
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