Hemos llegado por fin a la época de sudaderas, pantalones largos, bufandas e infinitos cafés calientes. La lluvia comienza a hacer estelares apariciones y la gente se esconde de ella tras enormes paraguas de diversas formas y colores.
El otoño es mi estación favorita con diferencia. He oído siempre decir que esta estación es para los sensibles o los melancólicos, para aquellos que tienen tendencia a pensar que cualquier momento pasado fue mejor que el presente, para los que preferimos quedarnos en casa leyendo un libro o viendo una película a salir de fiesta; y quizá sea verdad.
El otoño me trae numerosos recuerdos y aviva en mí un sentimiento que está adormilado el resto del año, y aunque a veces ese sentimiento no es del todo agradable, lo abrazo y lo acepto como si fuese lo mejor que me hubiese pasado nunca. He aprendido con el tiempo que es mejor aceptar todos aquellos sentimientos o ideas que duelen o molestan porque si las haces tuyas y convives con ellas con el tiempo dejarán de doler tanto y no tendrán manera alguna de molestarte más.
Si me pongo a pensar en ello se podría decir que cada otoño que he vivido en estos últimos años me ha traído una lección importante la cual me ha servido mucho de ayuda en años posteriores: no juzgues tan rápidamente a las personas, tómate el tiempo necesario para conocerlas y eventualmente abrirte a ellas; acepta cada pequeño rincón de tu cabeza con sus ideas y distorsiones para superar tus obstáculos mentales; ten paciencia y ve a tu ritmo en todo; aprende a confiar en tu potencial. ¿Será por eso por lo que me gusta tanto el otoño?
Para mí todo eso son, por supuesto, ventajas. Pero de lo que casi nadie habla es de esa tristeza (que no melancolía) que parece invadir tu cuerpo a ráfagas por la mañana frente al ordenador o comiendo con tu familia, o disfrutando de una tarde con tus amigos o pareja, o escribiendo en tu libreta; de esa sensación de vacío que te llena por dentro y que te hace creer que estás cayendo en espiral en momentos de lo más normales; de esa inapetencia casi maleducada que irrumpe sin motivo aparente. Y es que cuando me paro a pensarlo el otoño no es más que una estación reflejo de uno mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario