El reloj de la entrada dio las doce, pero nadie lo oyó. La casa estaba libre de habitantes y vacía de recuerdos, como si nadie la hubiese pisado jamás.
La luna llena de aquella noche iluminaba el pequeño jardín trasero de la vivienda, la suave brisa acariciaba el césped descuidado por el paso de los meses y pequeñas gotas de lluvia penetraban en aquella tierra árida y seca por primera vez en mucho tiempo.
La casa estaba completamente vacía por dentro a excepción de aquel gran reloj de cuco que trabajaba incansablemente y sin propósito alguno, día sí, día también. La madera del parqué crujía de vez en cuando como si algo o alguien estuviese pisándola, pero tan sólo era una ilusión.
El reloj de la entrada dio la una. Y las dos, y las tres, y las cuatro... pero nunca llegó a las cinco. Y si no llegaba a las cinco, jamás llegaría a las seis.
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