Ahora consigo verlo todo mucho más claro. La honestidad ya no es un concepto abstracto, la honestidad tiene nombre y apellidos, tiene variantes y colores, tiene matices y sombras.
Es un contrasentido, es un absurdo, es un bucle infinito de ideas y sentimientos, y me devora cuando yo intento devorarlo a él; pero a la vez es cuidadoso y atento.
Soy consciente de que no puedo estructurar mis ideas tan fácilmente como me gustaría, que la honestidad no es un sustantivo que se pueda guardar en la personalidad de uno como, por ejemplo, la extraversión o la introversión; todo lo contrario, existen diversos cajones que se abren y se cierran, se pisan y se ceden el paso, se aman y se odian. La honestidad también es triste, la honestidad está sola o mal acompañada, la honestidad es feliz y la honestidad es falsa.
Hoy, como de vez en cuando, he conocido otra de las caras de la honestidad. Llamémoslo segundo punto de inflexión. Mire por donde mire sólo veo palabras vacías, sonrisas apagadas, prejuicios absurdos enmascarados. Pero, ¿sabéis qué? No es ningún misterio, pero he llegado a la conclusión de que enmascarar la verdad es absoluta y completamente necesario. También os diré una cosa, la falsedad como tal no es tan frecuente como la honestidad enmascarada.
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