Por aquel momento estaba desesperada, no sabía bien qué hacer con mi vida: intentaba construir un cimiento sólido a mi alrededor para sentirme segura cuando ni siquiera sabía bien qué estaba buscando o qué esperar de mí y de los demás... En ese momento sólo pensé en reinventarme como solución, y de alguna manera supongo que funcionó. [...]
Transcurrieron unos cuatro meses hasta que por fin pisé aquel piso, que supuestamente debía ser mi casa, y ésta se sintió más vacía que nunca. Era septiembre, y el Sol seguía reluciendo y abrasándome con su calor como si estuviésemos en pleno agosto. Me molestaba. Me irritaba. Me desquiciaba. Todos aquellos ventanales que me había asegurado se construyesen en un punto estratégico para que diesen el máximo de luz posible ahora se estaban volviendo contra mí. Como medida preventiva me encerré en mi cuarto con las persianas bajadas hasta que aquel peligro, la luz, dejase de acechar. No quería salir de casa, tenía miedo. Dejé de comer porque esa actividad implicaba hacer la compra previamente, y no creía tener ganas ni, paradójicamente, tiempo de salir a la calle y molestarme en pensar. Pensar daba asco, pensar era horrible. Pensar era tedioso. Me limitaba a dormir, a leer y a escribir y me sustentaba en base a las cantidades ingentes de comida que mis padres me traían periódicamente a casa para que "no cayese enferma".
Pasaron los meses, y la cosa seguía estable dentro de su tremenda inestabilidad. Los cuadros de la casa estaban torcidos, las figuritas de mi infancia que llevé conmigo al trasladarme y que con tanto cariño había cuidado durante toda mi vida acumulaban ya demasiado polvo y estaban feas, mugrientas, rotas; los cuadernos de notas se amontonaban encima de mi escritorio impregnados de palabras malsonantes, de frases sin sentido, de historias irreales, y nada podría haberme importado menos.
Nos encontrábamos en diciembre, el mes de la felicidad por antonomasia, cuando alguien se dignó a llamar a la puerta de mi casa. Corrí a abrirla pensando que sería alguno de mis padres o incluso mi hermano, pero no fue así, ni mucho menos.
Frente a mí se encontraba una chica de unos catorce años menuda, bajita y con cara de interesarle bien poco el mundo. Era mi vecina, lo sabía porque el primer día que entré en el edificio me la encontré saliendo de su casa y me saludó toscamente con un gesto de cabeza, hecho que me pareció bastante rudo. Me había olvidado de ella, me costó un poco reconocerla.
La miré de arriba a abajo. No dijo palabra y la invité a pasar. Se sentó en mi sofá y comenzó a dialogar consigo misma con la mirada. Yo quería ayudarla, pero comprendí que los vecinos no son amigos, los vecinos son compañeros de gastos comunes, de asuntos que interesen en cuanto al tema del inmueble se trata. Por algún extraño motivo quería cogerla cariño, pensé que rellenaría el vacío que llevaba sintiendo durante tanto tiempo, y así lo hice.
En ese momento sentí que moría un trocito de mí.
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