Leah estaba sentada en su silla. Leah no entendía de quién, cómo, cuándo ni porqué; sólo aceptaba con resignación el papel que le había tocado en este mundo, pero a su manera.
A Leah le gustaba juguetear con su pelo, no apreciaba la literatura, no concebía la idea de la compasión, aunque sí de la empatía y, aunque jamás nadie se lo preguntó y ni ella misma sabría dar una respuesta al respecto, la sociedad era para ella una jungla en la que todo el mundo se la quería comer viva.
Ahora mismo estoy observando a Leah. Sigue cómodamente sentada en su silla – una silla ordinaria, una silla corriente, nada del otro mundo – y aunque lleva una eternidad allí postrada mirándose el ombligo, parece que no tiene en mente levantarse. De vez en cuando echa una miradita alrededor con indiferencia; es como si ni siquiera intentase esforzarse por observar lo que mira porque sabe que no lo va a apreciar de ninguna manera. De algún modo puedo llegar a comprender lo que ella ve cuando levanta la mirada: el vacío. El vacío al que me refiero va variando con el tiempo y la percepción; a veces es un tipo de agujero negro que evoca en Leah la angustia y la soledad, y a veces es un vacío literal: no ve absolutamente nada. Mucho me temo que ella es más consciente de vivir este segundo tipo de vacío antes que el primero.
Puedo apreciar cómo ahora Leah se está retorciendo en su sitio y fuerza una sonrisa: Me está viendo, sabe que estoy aquí expresamente para analizarla, y eso desata en ella una serie de sensaciones y de pensamientos: Compostura, felicidad, apariencia. Aunque ella no lo sepa, éstas son sus palabras favoritas. Bueno, quizá se lo pueda imaginar.
A pesar de que sabe que estoy aquí, no lo aguanta más y pega un brinco de su asiento. Cae al suelo, se limpia el polvo y camina hacia mí. Me pregunta que qué tal estoy. Aunque sé que será en vano, la respondo. Ella deja sus ojos en blanco, me interrumpe al segundo y me dice: “Bien, ¿no? Pues yo…”
Si hay una sola palabra que jamás se dignará a aceptar que adora, esa es la palabra “yo”; y siendo más específicos y en su declinación, el “yo, me, mi, conmigo”.
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