Apenas había mantenido contacto con ella en los últimos años, pero ahí estábamos los dos, sentados en el mismo banco de hacía tres inviernos, muertos de frío.
No sabía cómo reaccionar ante aquella situación: Se encontraba sentada encima de mí, mirando a la nada, y con una media sonrisa enigmática dibujada en su rostro. ¿Por qué me costaría tanto comprenderla? La acariciaba la espalda y recorría su torso con mis dedos, y no sabía bien por qué, pero me hacía sentir bien. Me pregunté, en medio de aquel pacífico silencio, si ella se habría figurado que, desde nuestro último encuentro en aquella bulliciosa plaza, había habido muchas más aparte de ella. También me pregunté si sabría que, a pesar de todo, nadie me había hecho sentir como ella. Por supuesto, todo aquello se quedó como un pensamiento que no salió de mis labios. Ojalá pudiera haberlo hecho palabra...
De repente, acercó su cabeza a la mía, y nuestros labios se juntaron. Había esperado demasiado ese momento, tanto, que la aparté con mis brazos y eché a andar hacia mi casa.
¿Por qué me costaría tanto comprenderla?
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