Y me pregunto si durante esta tempestad algún día saldrá el Sol. Y él me respondió, sin dudar apenas un segundo, que el Sol ya brilla, pero que una nube lo esconde.
Y yo, tras esa respuesta, me sigo preguntando: ¿Quién es el Sol? Y es más, ¿Es que el Sol es demasiado tímido como para querer mostrar su cara, o es que la nube, caprichosa y enamorada del Sol, se ha quedado a vivir durante un tiempo en armoniosa compañía con la estrella? ¿Y qué pasó con aquel rayo que traspasó el alma contaminada de la nube, y llegó hasta su destino? Sin lugar a dudas, esa luz no era una falsa esperanza, sino que era mi más temido enemigo. Y el día en el que yo, haciendo acoplo de mi valor de crisálida, sople al viento palabras de amor, esperanza y, paradójicamente, de dolor, la niebla se irá disipando. El Sol en realidad, como él bien dijo, brilla y brillará para mí.
Sopla al viento, no temas perder. Sopla. Vive. Siente todo lo que tengas que sentir, crisálida indefensa y triste. Sufre, llora, comprende, vete resquebrajándote y que contigo, hilos cuidadosamente forjados por Doña Inseguridad, que con certeza lo hizo para protegerte, vayan contigo los polvos, la neblina, las nubles... pero por favor, que se quede para siempre la lluvia con algún que otro vestigio de que sigo, a pesar de ser mariposa, acordándome de quién fui.
No hay comentarios:
Publicar un comentario